EL AMOR EN TIEMPOS DE CÓLERA… ECONÓMICA de J. I. GONZÁLEZ FAUS

pobreza asia (1)

FRAGMENTO EN RELACIÓN A EMMANUEL MOUNIER ( Pags.52-59)

Para apelar a la mejor tradición católica, permítaseme con­cluir con una larga cita comentada de Emmanuel Mounier, que quizá dice mejor que yo lo que he intentado plasmar aquí[1]. Va en letra cursiva el texto de Mounier y en letra redonda mi co­mentario.

Cualquiera que sea el lado al que nos volvamos en el universo del capitalismo moderno, solo vemos, fuera de soluciones técni­cas dispersas, error y corrupción… No se consigue nada con una crítica al capitalismo que deje intactos esos principios.

Es decir, la crítica al capitalismo no ha de limitarse a aspectos accidentales o técnicos que dejan intacto el sistema: ha de ir hasta sus mismas raíces, que Mounier califica como «error y corrupción». Ese error radical es la fe en que el choque de las libertades egoístas produce armonía y no agresión o guerra. Esa fe no se admite para ningún otro campo de las relaciones socia­les, pero sí para el económico: es la superstición de la «mano invisible del mercado». He aquí lo que Mounier formula:

En primer lugar pongamos de relieve el principio metafísico del optimismo liberal subyacente a todo el sistema. Se piensa que las libertades humanas abandonadas a ellas mismas esta­blecen espontáneamente la armonía. Pero la experiencia ha de­mostrado que la libertad sin disciplina deja el campo a los determinismos del mal en los que los más fuertes desposeen y oprimen a los más débiles.

Y de ese error raíz derivan tres principios inmorales que llevan a diversas formas de corrupción. Y que son: primacía de la producción sobre el hombre, primacía del dinero sobre el trabajo y primacía del provecho monetario sobre cualquier otra consideración. Veámoslos.

A continuación podemos enumerar tres principios de moral social (si se les puede llamar así):

a) Primacía de la producción. En ella no es la economía la que está al servicio del hombre, sino el hombre al servicio de la econo­mía. (Porque) no se regula la producción por el consumo y el con­sumo por una ética de las necesidades humanas, sino que el consumo (y a través de él la ética de las necesidades de la vida) es regulado por una producción desenfrenada.

El orden natural de la «oiko-nomía», que sería necesidades, consumo para satisfacerlas y producción para posibilitar ese con­sumo, se invierte en el orden crematístico: producción de-sen-frenada que lleve a un consumo desenfrenado y creación de falsas necesidades para los que puedan gastar en ese consumo. La conclusión es que:

La economía se convierte así en un sistema cerrado con su funcionamiento propio, y el hombre debe someter a ella su moral y sus principios de vida. Por tanto, ya no hay para el hombre cosas, sino solo mercancías; ya no hay necesidades sino solo un mercado; ya no hay valores a los que estimar, sino solo precios.

Juan Pablo II dijo también (parodiando la frase evangélica) que la economía está hecha para el hombre y no el hombre para la economía. De lo contrario, todo será mercado y, consi­guientemente, todo será mercancía. El ser humano deja de tener esa dignidad inviolable que le convierte en fin y pasa a ser (incluso en sus dimensiones más íntimas como la pro­ductiva, la afectiva, la intelectual o la religiosa) un mero obje­to de intercambio como las patatas o los tomates. Y Mounier continúa:

b) Primacía del dinero. Aquí no es el dinero el que está al servicio de la economía y del trabajo, sino que son la economía y el trabajo los que están al servicio del dinero.

Esta soberanía tiene un primer aspecto que es la soberanía del capital sobre el trabajo en la retribución y reparto del poder económico. En un sistema así el dinero es la llave de los puestos de mando, y la forma de asociarse es la «sociedad de capitales».

Cuando el Evangelio llama Dios al capital, y afirma que no se puede servir a Dios y al dinero, marca esa misma línea. Esa divinización del dinero lo convierte (como todos los ídolos) en omnipotente y omniexigente.

Y tiene un segundo aspecto que es el reinado de la especula­ción o el juego con el dinero. Este es un mal aún mayor que el productivismo. La especulación transforma la economía en un inmenso juego de azar, ajeno a la preocupación por sus repercu­siones económicas y humanas.

La última frase es decisiva y no puede estar mejor dicha. La actual crisis económica lo ha puesto de relieve: lo que debería servir para que no haya ningún hombre con necesidades básicas insatisfechas pasa a ser una lotería ajena a sus consecuencias. Y, a la vez, los esfuerzos actuales por salir de esa crisis sin abando­nar la idolatría del capital confirman la radicalidad del mal.

c) Primacía del provecho. Consecuencia de lo anterior es que el provecho monetario es el móvil dominante de la vida econó­mica. De este modo, el provecho capitalista no es la retribución normal de los servicios prestados sino una ganancia doblemen­te desajustada. Primero, porque tiende siempre a adquirir la ga­nancia sin trabajo gracias a los diversos mecanismos de fecun­didad del dinero. Y, en segundo lugar, porque no está regulado

por las necesidades sino que es, en principio, indefinido. Y, final­mente, si hay alguna regulación se mide por los valores burgue­ses y capitalistas, que son: comodidad, consideración social, re­presentación e indiferencia al bien propio de la economía.

Aquí reaparece otra vez la diferencia entre economía y cre­matística: es la fecundidad del dinero y no la calidad del esfuer­zo y del servicio la que decide sobre las retribuciones. Y esa fecundidad es insaciable.

Este afán de provecho, en su límite puramente mecánico y deshumanizado, expulsa o desvía progresivamente todos los va­lores humanos: amor al trabajo y a su materia, sentido del ser­vicio social y de la comunidad humana, sentido poético del mundo, vida privada, vida interior, religión.

El resultado será una inversión de los valores, y es muy difí­cil que esa inversión no acabe trasladándose del campo econó­mico a los restantes campos de la vida y las relaciones sociales.

Y esos principios se ponen en juego por unos mecanismos propios del capitalismo.

El primero (ya aludido) es la fecundidad del dinero. De un simple signo de intercambio, el capitalismo ha hecho un bien productivo por sí mismo, una riqueza que puede proliferar en el tiempo del paso que constituye el intercambio. Esta es la fuente del provecho capitalista que constituye propiamente una usura o una ganga. Y como ese provecho es adquirido sin trabajo, o sin transformación de materia, solo puede ser obtenido del juego propio del dinero, o del trabajo ajeno (y entonces es una forma derivada de usura).

La Iglesia que tanto anatematizó la usura, y con absoluta ra­zón, no ha sabido después recuperar este punto central de su moral. La razón de este fallo ha sido la incapacidad de la mismaIglesia para percibir que con el cambio de la economía de trueque a monetaria, el dinero podía ser ocasión de riqueza y era legítimo un cierto interés. Por no haber sabido percibir eso a su tiempo, la Iglesia acabó aceptando cualquier interés como legítimo.

El capitalismo defiende la iniciativa y la libertad de unos pocos mediante el esclavizamiento de la mayoría. Para asegurar una libertad material sin peligros queremos que todos estén ma­terialmente constreñidos por unas instituciones necesarias. La economía al servicio del hombre.

La función de la economía es satisfacer las necesidades mate­riales de todos. Más allá de eso ha cumplido su cometido y las energías humanas deben hallar otro empleo que no sea desarrollarla artificialmente. La actividad económica está subordinada a una ética de las necesidades, las cuales son de dos clases: de consumo (o disfrute) y de creación. Las primeras deben estar limitadas ‘ por un ideal de sencillez de vida, pues la condición del crecimiento espiritual en modo alguno es incompatible con la magnificencia y derroche de la creatividad. Ya que la realización del hombre no está en la comodidad material sino en la vida espiritual.

En resumen, primacía del trabajo sobre el capital. El capital carece de derechos en una comunidad humana si no ha nacido del trabajo y si no colabora a un trabajo.

La primera frase sobre la economía y la última del párrafo sobre la carencia de derechos del capital retoman la distinción aristotélica entre economía y crematística. Situadas así las cosas, una moderación en el consumo dejará campo para un des­pliegue de todas las posibilidades espirituales de la persona. Y ahí sí que se abriría un campo inmenso para la magnificencia, la creatividad, la verdadera libertad y el grado de felicidad po­sible en esta vida.

La primera frase sobre la economía y la última del párrafo sobre la carencia de derechos del capital retoman la distinción aristotélica entre economía y crematística. Situadas así las co sas, una moderación en el consumo dejará campo para un des­pliegue de todas las posibilidades espirituales de la persona. Y ahí sí que se abriría un campo inmenso para la magnificencia, -la creatividad, la verdadera libertad y el grado de felicidad po­sible en esta vida.

[1]En España, ni la llegada de la democracia ni la pasada bonanza de la que tanto presumió Rodríguez Zapatero implicaron un aumento de los salarios, en un Gobierno que se proclama socialista y que solo ha llegado a un «socialismo asistencial», pero no a una auténtica justicia social. Los beneficios del capital han subido en los últimos cuarenta años del 25% del PIB al 40%. Mientras que el total de los ingresos por trabajo ha bajado del 75% al 61%. De 1995 al 2004, la participación de los salarios en los beneficios del capital se mantiene invariada (en torno al 54%) mientras la población activa crecía del 81 al 85%. Lo cual significa que la participa­ción individual bajaba, al haber más gente que comparte el pastel.

Revolución personalista y comunitaria, II, 6. Puede verse el texto ambientado históricamente y con algún comentario más en mi obra Vicarios de Cristo. Los pobres en la teología y espiritualidad cristianas, Bar­celona, 2006.

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